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La peligrosa normalidad que no queremos ver

Las adicciones siempre han sido percibidas como un problema grave de salud pública, pero hoy en día se enfrentan a un nuevo rostro: el de la normalidad. Lo que antes se identificaba con escenas extremas de consumo o con imágenes de marginalidad, ahora convive con nosotros en restaurantes, oficinas, reuniones familiares y, sobre todo, en nuestras pantallas.


El alcohol, las drogas legales e ilegales, las apuestas en línea, los videojuegos, el celular y hasta el consumo compulsivo de comida rápida son parte de un ecosistema donde la adicción se mimetiza con lo cotidiano.


El problema es que, al estar tan integradas en la vida diaria, muchas veces no las vemos como amenazas. Las justificamos con frases como “todos lo hacen”, “es normal salir a beber”, “es un simple gusto” o “es solo entretenimiento”. Sin embargo, estas dinámicas esconden una realidad compleja: una sociedad que ha aprendido a convivir con sus dependencias y que, sin quererlo, las ha legitimado.


Este reportaje explora cómo la adicción se ha convertido en parte de la normalidad contemporánea, sus impactos en distintos ámbitos de la vida y las voces de quienes la enfrentan, con el objetivo de abrir los ojos ante una peligrosa normalización.

La cultura del consumo: cuando la adicción se disfraza de convivencia

En México, según la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT 2022), 7 de cada 10 adultos consumen alcohol de manera regular, y 1 de cada 5 reconoce haber tenido episodios de “consumo excesivo” al menos una vez al mes. Sin embargo, pocas veces se nombra esto como adicción. “Es parte de la fiesta, de la socialización”, comenta Sofía, universitaria de 22 años. “Si no sales a tomar, te tachan de aburrida”.


Lo mismo ocurre con el uso del celular. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reporta que el 96% de los jóvenes entre 18 y 29 años tienen acceso a un smartphone, y pasan en promedio más de 6 horas al día frente a la pantalla. Redes sociales, videojuegos, series y apuestas digitales son parte de una misma espiral de consumo que rara vez se cuestiona.


La sociedad ha construido rituales alrededor de estas prácticas. El “viernes de chelas”, el “scroll infinito” antes de dormir o la “salida al casino” son ejemplos de cómo hábitos potencialmente nocivos se han incorporado como formas de convivencia aceptadas, borrando la línea entre lo cotidiano y lo problemático.


Adicciones silenciosas: más allá de las drogas y el alcohol


Cuando pensamos en adicciones, lo primero que suele venir a la mente son sustancias como la cocaína, la marihuana o el alcohol. No obstante, el panorama actual incluye nuevas formas de dependencia que, aunque menos visibles, son igualmente dañinas.


● Adicción a la comida ultra procesada: Las cadenas de comida rápida y snacks cargados de azúcar o grasas trans se han convertido en parte fundamental de la dieta diaria, generando obesidad y enfermedades crónicas.

● Adicción a las pantallas: Redes sociales y videojuegos están diseñados con mecanismos de recompensa que activan la dopamina en el cerebro, generando conductas compulsivas.

● Adicción al trabajo (workaholism): Normalizada como sinónimo de productividad, provoca desgaste mental y emocional, además de rupturas familiares.

● Adicción a las apuestas y juegos en línea: Plataformas digitales permiten apostar con un solo clic, facilitando el endeudamiento y la pérdida de control financiero.

“Yo empecé a jugar en línea para pasar el tiempo durante la pandemia”, relata Marco, ingeniero de 28 años. “Al principio eran 100 o 200 pesos, pero terminé pidiendo préstamos para seguir apostando. Lo peor es que nadie lo veía mal, decían que era ‘suerte de principiante’ o que ‘todos jugaban’”.


La peligrosa legitimación social

El problema no es únicamente la existencia de estas adicciones, sino cómo se han legitimado en la cultura. Publicidad, redes sociales y hasta políticas públicas a veces refuerzan este escenario.


● Publicidad engañosa: Comerciales de alcohol que asocian el consumo con éxito social o sexualidad.

● Influencia digital: Influencers que muestran estilos de vida ligados a excesos, normalizando dinámicas que pueden derivar en dependencia.

● Políticas ambiguas: Mientras el Estado invierte en campañas de salud, también obtiene ingresos millonarios de impuestos al tabaco, al alcohol y a las apuestas.


“Es una contradicción constante”, explica la psicóloga clínica Laura Rojas. “Por un lado, se promueve la prevención; por el otro, el sistema económico se beneficia del consumo. Al final, el ciudadano queda atrapado entre mensajes contradictorios”.


Consecuencias invisibles: el costo personal y social

Las adicciones normalizadas generan impactos que muchas veces no se ven a simple vista:

● En la salud: aumento de enfermedades crónicas, desgaste mental, depresión y ansiedad.

● En lo económico: gastos desproporcionados en consumo, endeudamiento familiar, pérdida de productividad laboral.

● En lo social: deterioro de relaciones interpersonales, violencia intrafamiliar, aislamiento.

● En lo cultural: una sociedad que legitima los excesos como parte del estilo de vida aspiracional.


Según datos de la Secretaría de Salud (2023), el alcohol está implicado en el 30% de los accidentes de tránsito en México y en el 40% de los casos de violencia doméstica. Al mismo tiempo, la Organización Mundial de la Salud advierte que las adicciones digitales ya representan un reto de salud mental global.


Testimonios: la vida detrás de la adicción

Carolina, 35 años, madre de dos hijos “Yo nunca pensé que revisar el celular fuera un problema. Pero llegó un punto en que pasaba más tiempo en redes que con mis hijos. Mi esposo me reclamaba y yo lo negaba. No aceptaba que estaba perdiendo horas de vida real por ver la vida de otros. Hasta que mi hijo me dijo: ‘Mamá, ¿me miras o miras tu celular?’ Ese día entendí que necesitaba ayuda”.


Luis, 41 años, ejecutivo “El alcohol era parte de mi vida laboral. Todas las reuniones se cerraban en un bar. Nadie veía mal que tomara cuatro o cinco copas diarias. Cuando fui al médico por problemas en el hígado me di cuenta de que estaba atrapado. Pero lo peor es que socialmente nunca me cuestionaron, al contrario: el que no bebía era raro”.

Estos testimonios muestran cómo la adicción se camufla en dinámicas sociales, hasta que las consecuencias se vuelven insostenibles.


La raíz psicológica: ¿por qué normalizamos lo dañino?


Especialistas en psicología social señalan que esta normalización responde a tres factores:

1. El refuerzo cultural: La repetición de mensajes que presentan el consumo como “cool”, “divertido” o “necesario para pertenecer”.

2. La negación colectiva: Reconocer que vivimos rodeados de adicciones implicaría asumir responsabilidades incómodas como sociedad.

3. El alivio inmediato: En tiempos de estrés, incertidumbre y crisis, estas prácticas ofrecen gratificaciones instantáneas que resultan atractivas aunque sean dañinas.


El papel de los jóvenes: víctimas y motores del cambio

Los jóvenes son quienes más expuestos están a esta normalización. El 80% de los adolescentes mexicanos de entre 12 y 17 años tiene acceso a internet, y más de la mitad admite pasar más de 5 horas al día en redes sociales. Al mismo tiempo, las estadísticas de alcoholismo y consumo de drogas experimentan sus picos más altos en este sector.

Sin embargo, también son los jóvenes quienes pueden liderar un cambio. Movimientos en redes sociales como los retos de “meses sin alcohol”, la promoción de vida fitness o las comunidades de apoyo digital contra el tabaquismo muestran que existen alternativas para resistir a la cultura de la adicción.


El camino hacia la conciencia

Combatir la normalización de las adicciones implica reconocerlas como lo que son: problemas de salud pública. Para ello, especialistas sugieren:

● Campañas de prevención creativas, que hablen el mismo lenguaje que las nuevas generaciones.

● Políticas públicas coherentes, que no fomentan por un lado lo que intentan prevenir por el otro.

● Acompañamiento psicológico accesible, que permita atender a quienes lo necesitan sin estigmas.

● Comunidades de apoyo, tanto presenciales como digitales, que ofrezcan alternativas reales a la soledad y al consumo.


Conclusión

Las adicciones ya no se esconden. Están en la mesa de la oficina, en la publicidad de la televisión, en la pantalla de nuestro celular y en la salida con amigos. La verdadera amenaza no es solo su presencia, sino el hecho de que las hayamos normalizado al grado de considerarlas parte natural de la vida.

Nombrarlas, visualizarlas y cuestionarlas es el primer paso para recuperar la libertad que muchas veces confundimos con consumo. Porque lo peligroso no es únicamente caer en la adicción, sino vivir rodeados de ella sin darnos cuenta.



 
 
 

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